Mientras andaba pensó que su casa no estaba muy retirada; quizás le llevaría unos 40 minutos llegar tranquilamente, o media hora si apretaba el paso, aunque no había necesidad de esforzarse de más, pues se le ocurrió que podría acortar el tiempo si, en lugar de caminar por las avenidas, tomaba un atajo a través de las calles de un viejo barrio que se encontraba entre su colonia y el lugar donde estaba.
Minutos después de emprendido el viaje, el muchacho comenzó a pensar en la razón de su aventura en una cantina retirada de los rumbos que acostumbraba. "¿Vale la pena seguir sufriendo por ella?", se preguntó en voz alta.
Luego de un rato, calculó que estaría a la mitad del camino, así que decidió encender uno de los dos cigarrillos que llevaba -el otro lo reservaría para más tarde, cuando estuviera ya por acostarse-. Sintió cómo los pulmones se le inflaron con el humo del tabaco y, tras retenerlo unos segundos, lo expulsó por la nariz, como acostumbraba hacerlo en el primer golpe.
Cuando probó el sabor del filtro en su lengua tiró la colilla, entonces miró por un instante el ligero tono amarillo de la nicotina en sus dedos, signo de un vicio cada vez más arraigado. Una fría y ligera brisa le acarició el rostro y pensó que que estaba mejor que hacía un rato.
Instantes después notó la presencia de una persona a pocos pasos detrás de él. Discretamente miró sobre su hombro izquierdo y descubrió que alguien lo seguía. Por lo que alcanzó a distinguir se trataba de un hombre, aunque no pudo advertir su aspecto ni calcular su edad, pero le pareció más alto y robusto que él.
Trató de conservar la calma, se irguió y comenzó a dar pasos más firmes y acelerados. Media cuadra después metió las manos en los bolsillos de su pantalón; en el derecho pudo sentir el encendedor y la cajetilla de cigarros ya casi vacía, y en el izquierdo el metal de sus llaves y la navaja suiza que ella le había regalado en su cumpleaños. Sin darse cuenta, la tenía en mente de nuevo.
¿Por qué había terminado todo así, tan de repente y de mala forma? ¿Valía la pena seguir emborrachándose todas las noches tratando de olvidarla, con poco éxito?
Cayó en cuenta de que aún lo seguían y, de forma mecánica, volteó hacia atrás y vio al hombre un poco más lejos, pero todavía tras sus pasos. Esta vez pudo notarle mejor: un aspecto desaliñado, con la barba crecida de unos tres o cuatro días, los ojos hundidos y el pelo cano.
El joven decidió apretar el paso, sin correr, pues no se encontraba en las mejores condiciones para emprender una carrera; todavía sentía los estragos del wiskey. En la primera esquina dobló a la izquierda con la esperanza de que aquel hombre desistiera del asecho y continuara su camino de largo, pero no había llegado a mitad de la calle cuando vio a su acompañante andar en la misma dirección que él.
Exaltado, intentó correr, mas las piernas no le respondieron. Se cruzó a la acera de enfrente, acto que su seguidor imitó. Desesperado, el joven dio vuelta a la derecha en la siguiente esquina. Unos pasos más adelante encontró un portón obscuro donde, sin pensarlo, se ocultó.
Tras unos largos segundos, vio a aquel hombre pasar junto a él un tanto desconcertado. Aguantó la respiración y cerró los ojos en automático, como si con ello pudiera desaparecer o brincar el angustioso momento que estaba viviendo.
Cuando abrió los ojos, vio unos metros más adelante al hombre caminando algo perturbado. Iba a esperar unos minutos más hasta asegurarse que su seguidor se hubiera marchado, sin embargo, por algún extraño motivo, comenzó a seguirlo.
Momentos después, el joven metió la mano en el bolsillo izquierdo del pantalón, sacó la navaja suiza que le regalaron en su cumpleaños, descubrió la hoja filosa guardada entre las cachas y la empuñó. Daría alcance a aquel hombre para asaltarlo, clavándole la navaja en el cuello, antes de que llegara a la siguiente esquina.