El ahogado
Un hombre mareado por las cervezas que había tomado, cuyos envases vacios abarcaban la mitad de su mesa, se levantó tambaleante con rumbo al baño del decandente bar donde, apenas al abrir la improvisada puerta de madera, fue recibido de golpe por un fuerte y tibio aroma a orín. Se dirigió de inmediato al mingitorio de aluminio, luchó unos segundos con la bragueta de sus vaqueros, tomó con firmeza su pene flácido y lanzó un potente chorro amarillo que apuntó, sonriente y en un amago de broma tonta, hacia el cadáver de Gregorio Samsa, que yacía bocarriba ahogado en ese pequeño lago pestilente.