lunes, 12 de abril de 2010

Viaje al pasado

Hoy visité el Templo Mayor. Sí, hoy lunes, día en que permanece cerrado al público. La razón: una entrevista con el director del museo, el doctor Carlos González. Sin embargo no es de esto de lo que quiero hablar.

Hacía mucho que no entraba a ese recinto, creo que la última vez fue cuando estaba en la prepa, si no es que antes, pero hoy la visita fue más enriquecedora e impresionante que todas las anteriores.

De la historia del México prehispánico es bien sabido que el Templo Mayor era el edificio más importante de la cultura mexica, y que significaba el centro de la vida religiosa, política y económica de su vasto imperio, pero hasta ahora no había vivido una experiencia que me acercara tanto a imaginar cómo era la vida dentro de ese lugar.

Llegué al rededor del medio día. Una vez que pasé los 'retenes' de seguridad me hallé solo en el museo, rumbo a las oficinas del quinto piso; solo en la penumbra de las enormes salas, apenas alumbradas por unas cuantas lámparas encendidas.

En los muros sobresalen algunas de las figuras que representaban los sacrificios que los mexicas realizaban para sus deidades: un tzompantli, altar realizado con decenas de cráneos acomodados en hileras; mascaras en forma de calaveras y, la más impresionante, la figura desollada de Mictlantecuhtli, el dios del inframundo, una efigie impresionante por lo que representa, por su tamaño y, sin duda, por su apariencia.

Solo, en esos corredores apenas alumbrados como si fuera con antorchas, de igual forma que hace 500 años seguramente eran los pasillos de ese sitio sagrado al que sólo los sacerdotes podían entrar, iba caminando hacia las oficinas del director del museo, y así de repente, me hallé andando sobre los pisos del antiguo Templo Mayor, escuchando a un prisionero gritar afuera mientras le enterraban una piedra en el pecho para sacarle el corazón y ofrecerlo a Huitzilopochtli, el dios del sol.

Impactado y temeroso, por un momento estuve en el centro del universo mexica; un instante me valió para regresar cinco siglos atrás y reconocer un olor jamás experimentado, el de la mezcla de piedra, fuego y sangre; y experimentar una sensación nunca antes vivida, de temor y grandeza. Un viaje al pasado que nunca olvidaré.

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