Se me llenaron los ojos de azul, el alma de aire, la vida de belleza. Cruzamos nuestras manos frente al Caribe cubano, bello, impresionante, conmovedor e injusto. Nos dolió ser felices y no poder evitarlo.
Es lo más lejos que he estado de casa y lo más cerca que he estado del cielo: un puñado de trozos de tierra que conforman un paraíso imperfecto, un sueño, un mundo remoto del mundo.
Y ahí, la joya de la corona: el Pilar del bravo novelista y sensible cazador, con sus fantasmas de submarinos nazis, encanta desde la primera vista, embruja, se queda muy dentro, para siempre.
Tu fina y blanca arena es la más suave que he pisado (lo dicho, éste es el cielo y camino sobre nubes). Borraste cada uno de nuestros pasos, pues eres tú quien deja huella en los que te pisan, y no al revés.
Arriba todo es azul, de frente impera el turquesa y abajo late, incansable, la equilibrada anarquía de todas las formas y colores.
Si pudiera cerrar mis ojos por última vez frente a ti, la muerte sería tremendamente hermosa.
En la imagen: Playa del Pilar, en Cayo Guillermo, Cuba. (Foto: Juan Luis Ramos).
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