Cientos de miradas sumergidas en lágrimas, miran al vacío, desconsoladas como las de infantes que quedaron sin la protección de su padre.
El silencio y la soledad imperan sobre un ambiente estridente. El pesar y los sollozos genuinos se alzan sobre los murmullos y voces farisaicos de quienes buscan siempre resaltar en momentos dolorosos.
¿Qué hacer cuando nos quedamos solos? ¿Cómo aliviar el llanto, la incertidumbre, el dolor y el temor de aquellos que quedaron sin benefactor, como barco a la deriva en un mar repleto de tiburones hambrientos de dominio, daño, destrucción, sometimiento y avaricia?
¡Ay Don Samuel! Te fuiste y dejaste tan solos a tus hijos. El desamparo les baña el rostro, la tristeza los embarga, y nos contagian a todos de ella. Y es que también nos abandonaste a nosotros, a los que buscamos y necesitamos un halo de fe, una luz esperanzadora que nos haga saber que este mundo no está del todo podrido.
¡Ay Tatic! Nos delegaste, así nomás, la enorme responsabilidad de cuidar de tus protegidos, tus hijos, nuestros hermanos. Ahora es nuestro turno de alzar la voz en nombre de los no escuchados y defender los ideales que compartiste con grandes hombres como Sergio Méndez, Ernesto Cardenal, Óscar Romero, Bartolomé de las Casas y el mismo Jesucristo.

Foto: Índigenas chiapanecos lloran durante el funeral de Samuel Ruiz en San Cristobal de las Casas. Eduardo Verdugo / AP