viernes, 21 de enero de 2011

Proust en la sopa

Es por muchos conocido (aunque no todos lo hayamos leído, todavía) el pasaje de la magdalena y el té que escribió Marcel Proust en su famosa obra En busca del tiempo perdido.

Una regresión a la infancia, producto de sabores y áromas que logran transportarnos en el tiempo de manera magistral, idea retomada en varias ocasiones, como en la novela Rapsodia Gourmet, de la también escritora francesa Muriel Barbery, o, de corte más actual y medático, el enérgico crítico culinario Anton Ego, de la película animada Ratatouille.

Todos (eso quiero pensar) hemos vivido una regresión causada por algún sabor, imagen o esencia. Un afortunado salto al pasado que nos arranca una sonrisa o lágrima, debido a la añoranza que en ocasiones nos hace pensar que "todo tiempo pasado fue mejor".

No hace mucho tuve una experiencia de este tipo. En un retorno al Café La Habana y su menú del día, probé un consomé de pollo que, agregándole unas cucharadas de salsa pico de gallo, me movió algo en la memoria que, en principio, no alcancé a recordar del todo, hasta un par de días después.

La textura de un caldo no tan aguado, sino con un ligero espesor, apenas perceptible en las papilas gustativas; el vapor saliente del plato, que expande inconcientemente las fosas nasales y logra atrapar e hipnotizar la vista; los trozos de pechuga desmenuzada que se sienten en primera instancia con la cabeza metálica de la cuchara, extensión inmediata de los dedos; todo ello sumado a los cubos inexactos y, a la vez, perfectos de jitomate, cebolla y chile de árbol que, en conjunto, recuerdan la época más feliz de mi vida: mi infancia.

Recuerdo que tendría 11 ó 12 años, me aproximaba al final de mi niñez y todavía acostumbraba salir cada domingo con mi familia a pasear, concluyendo el más famosos de los días de descanso con misa en alguna iglesia del Centro y, posteriormente, una cena en el Vips de la calle Madero.

Precisamente esa cena es la que me vino a la mente hace poco. Por lo regular mis hermanos y yo, los niños, pedíamos una sopa de tallarín cuya textura era ligeramente espesa al contacto con la lengua; su calor y aroma capturaban mi nariz a la vez que mis ojos se fascinaban con ese vapor subiendo y perdiéndose unos centímetros sobre el plato; los trozos de pechuga desmenuzada que se mezclaban con la pasta y los pedacitos de jitomate, cebolla y chile de árbol, eran la antesala de la culminación perfecta de un día perfecto, pues el sello ideal era esa copa llena de cubos de gelatina y coronada con crema batida.

Qué gratificante es recordar momentos felices en una época tan llena de malestares. Qué bello es encontrarse con esos recuerdos proustianos en lugares tan sencillos e increíbles, como puede ser una sopa.

1 comentario:

  1. Si la comida, la música o algunos aromas no me evocaran todas esas vivencias pasadas de tiempos felices, mi andar no tendría tanto sentido.

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