A Vero.
En el principio, Dios creó al mundo, y vio que era bueno. Después creó al hombre, para que dominara sobre todas las especies de la tierra. El hombre, a su vez, creó la civilización y reformó la obra de Dios.
Con el tiempo, el mundo se transformó; siguió habiendo bondad, pero era cada vez más escasa, igual que las especies sobre las que el hombre había ejercido su dominio, desapareciéndolas.
En medio del caos, Dios hizo a una niña, diferente a las personas que habitaban la tierra; disconforme, insumisa, afectuosa y soñadora.
Fue así, luego de que la niña cumpliese seis añitos, que Dios pensó en crearle un compañero, con el que se encontraría una vez que sus almas empataran. Tomó pues algo de tierra, hizo una masita con ella y formo a este ser: imperfecto como todos, si acaso más, pero con la capacidad suficiente de hacer feliz a aquella jovencita quijotesca.
Sucedió entonces que, pasados varios años, inmersas en la cotidianidad, estas dos almas se encontrarían para bautizar el nuevo mundo, el que ambos habían soñado y alimentado por separado; aquel que curiosa o predestinadamente tenían que compartir: su propio mundo, el de esta Eva y su Adán.
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