Y es que el calor de la península, húmedo y sofocante, era más tolerable que el que siento ahora, quizás por el simple hecho de saberse fuera de la ciudad, más bien lejos, a cientos de kilómetros del estrés, la contaminación, la inseguridad y el ruido que nos agobian todos los días.
Por si fuera poco, los lugares, cultura, naturaleza y cocina de la región, son un aliciente para desear estar allá en este momento.
En Uxmal, otra ciudad maya, centro de la llamada ruta Puuc, otras dos pirámides asombran a los visitantes: la pirámide del Adivino, la mayor estructura del lugar, en donde resaltan los mascarones del dios Chaac; y la pirámide mayor, en la que todavía se permite el acceso pero a la que, tristemente, ya no pude subir.
Izamal es una de las ciudades más bellas que he conocido, un verdadero pueblo mágico. El color amarillo de sus fachadas, sus estructuras coloniales y la magnitud de su ex convento, hechizan la vista y dejan una huella profunda en la memoria. Mi propósito: pasar una noche en el pueblo, la próxima vez que vaya.
Pero lo que más me maravilló de la península no pudo haber sido hecho por el hombre: los cenotes, una maravilla natural que jamás podrá ser descrita con exactitud, ni mostrada con todo su esplendor en ninguna fotografía o video. Se necesita estar en un cenote para disfrutar de su completa belleza y comprender el por qué fueron considerados sagrados por los antiguos mayas.
¡Ah qué bella es la península! De verdad que espero con ansias el momento en el que pueda regresar y recorrer de nuevo los lugares que me maravillaron, conocer nuevos sitios y probar las delicias que allá se preparan, como el poc-chuc, los panuchos, el relleno negro, la sopa de lima y la cochinita pibil, acompañada de una rica cebolla morada.
En las imágenes, la pirámide de Kukulkán, templo principal de Chichén Itzá, y el ex convento de Izamal. (Fotos: Juan Luis Ramos).
No hay comentarios:
Publicar un comentario