domingo, 5 de septiembre de 2010

Postales de la Isla: La Habana


Para Gisy, Alexis y los amigos isleños

A casi un mes de haber regresado de Cuba cada día añoro más su mítica capital: La Habana, una ciudad llena de contrastes; avejentada y a la vez llena de vida, pobre, sucia y deslumbrante; tan alejada de Dios y al mismo tiempo colmada de magia.

La Habana enamora, encandila. Pareciera que el aroma a tabaco, humedad y sudor que emana de sus edificios, calles y jardines, estuviera cargado de una pizca de toloache. La cálida suciedad de sus calles, del bullicio de los habaneros (robo las palabras Senel Paz), acoge a los extranjeros y los hace suyos.

Una vez que pisas La Habana estás condenado a no olvidarla, a querer volver.

Todo el mundo habla de La Habana, la conozca o no; de lo que ahí sucede, de lo que "dicen" que pasa ahí, de lo mal que está la gente o de lo barato o costoso que resulta ir, entre un sin fin de etcéteras. Pero todo lo que podemos imaginar de aquella ciudad, como ocurre casi siempre con lo que no conocemos, es apenas una ilusión de lo que realmente se vive y respira en la capital cubana.

En La Habana la gente trata de sobrevivir y hacer las cosas lo mejor que pueden, como en todas partes, pero el encierro que los sofoca, rodeados por un inmenso mar que va más allá de las aguas del Golfo de México y el mar Caribe, les ha impedido explotar sus mayores virtudes y, en los peores casos, les ha apagado el deseo, el ímpetu y la esperanza.

Si bien la gente de la isla no me pareció tan amable como esperaba, sí se caracterizan por ser alegres, y es que (cómo comentó un gran amigo) si se les quitara la alegría a los cubanos, qué otra cosa les quedaría.

La Habana puede, más bien debe recorrerse a pie. Lástima que a los que vivimos bajo los regímenes del capitalismo el tiempo no nos sobre. Su malecón es sin duda uno de los más bellos que he visto, a pesar del daño que le han provocado el mar, el tiempo y el descuido. Son 7 kilómetros de maravillosas postales que se guardan en la memoria y el corazón.

En Cuba uno se encuentra en cada esquina con el Ché Guevara y con José Martí, y en La Habana aún se perciben la magia de Carpentier, el espíritu de Lezama Lima y el vigor de Hemingway, este último con quien tuve el placer de tomar un trago en el Bar Floridita.

El centro mismo del universo de los sueños y la fantasía bien podría situarse en La Habana Vieja, un mundo que actualmente se encuentra resurgiendo de sus cenizas (mejor dicho, de su cascajo); paraíso para la imaginación, la prosa y la poesía.

El aroma de los habanos, el sonido del son, el sabor del ron y la belleza de las cubanas, junto con la decadencia de un gobierno, la miseria de sus más pobres seguidores, y la amargura que de vez en cuando chispa el aire cubano, complementan la imagen (im)perfecta de este paraíso latinoamericano, criticado por muchos y querido por más.



Fotos: Juan Luis Ramos. La Habana, Cuba.

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