El sábado 19 de diciembre nos levantamos un poco más tarde de lo que habíamos planeado, sin embargo el destino era claro, el mismo que nos habíamos puesto desde semanas antes de llegar a Chiapas: visitar el famoso Cañón del Sumidero.
A pesar del día nublado, el entusiasmo fue el mismo, no podía dejar de pensar en esa maravilla natural de la que tanto había escuchado hablar a conocidos y en televisión. Antes de llegar al embarcadero de Chiapa de Corzo, pasamos a tomar un desayuno ligero pero sustancial: los huevos y el café con leche que nos darían energía para embarcarnos a la añorada aventura.
La espera en el embarcadero fue breve pero exasperante: un grupo grande de excursionistas no terminaba de abordar en sus lanchas y eso fue razón para que las nueve personas que esperábamos comenzáramos a impacientarnos. Al fin llegó nuestro turno.
La lancha arrancó en una travesía que para su conductor forma parte de la rutina, pero que para mí significó el inicio de un momento anhelado durante mucho tiempo. Llegamos a la entrada al cañón, la misma que la tarde anterior habíamos visto desde el taxi que nos transportó del aeropuerto a Chiapa de Corzo; el corazón comenzaba a latirme más rápido y los ojos se me abrían más, desafiando al viento que pegaba en mi rostro.
Declarado "parque nacional" en 1980, el Cañón del Sumidero es una de las principales atracciones turísticas de Chiapas. A pesar de haber recibido tratamiento por parte de la mano del Hombre, es sin duda una de las maravillas naturales más impresionantes de México: un acantilado que se eleva a más de mil metros sobre el nivel del río Grijalva.
Cientos de imágenes vistas en revistas y en la televisión me habían predispuesto para un espectáculo asombroso, pero por fortuna no me habían preparado lo suficiente para él.
El día no se compuso nunca, de hecho parecía empeorar, y la neblina comenzó a bajar y a cubrir la cumbre del acantilado, lo que pudo significar una frustración con tan maravilloso paisaje enfrente, pero no, todo lo contrario, pues esa neblina daba un toque de magnificencia al cañón y hacía que sus paredes parecieran elevarse más allá del cielo.
Hacía el final del recorrido puede apreciarse una de las caídas de agua más bellas que he visto, llamada el "árbol de Navidad" por sus soberbias formas que aparentan un pino gigante. Después viene la presa hidroeléctrica Chicoasén, que abastece al Estado de electricidad, así como a gran parte del sureste de la nación y a Guatemala.
A lo largo de la hora y media de recorrido no pude dejar de mirar hacia arriba, buscando el final de los imponentes "muros" del cañón y tratando de capturar su belleza en decenas de fotos que nunca podrán describir la impresión que deja un lugar como aquel.
El Cañón del Sumidero es una visita obligada para quienes gustan de los paisajes naturales, y para todo aquel que visite el Estado de Chiapas; una maravilla per se digna de recordarse siempre o anhelarse antes de conocerla.
En la imagen, los imponentes riscos del Cañón del Sumidero (Foto: Juan Luis Ramos)
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