domingo, 10 de enero de 2010

Crónicas chiapanecas V: La selva Lacandona

Después de visitar Palenque y pasar la noche ahí, en unas agradables cabañas al estilo comuna hippie, a las afueras de la zona arqueológica, nos tocaba visitar otras dos importantes zonas mayas: Yaxchilán y Bonampak.

Una vez más tuvimos que levantarnos antes del amanecer. A las 6:00 am la camioneta pasó por nosotros y nos llevó a desayunar para luego dirigirnos a Frontera, un poblado a orillas del río Usumacinta. Ahí abordamos una lancha que nos introdujo a la jungla a través del río custodiado a nuestra izquierda por territorio nacional y a la derecha por Guatemala.

Después de 45 minutos llegamos a Yaxchilán, que en maya quiere decir "piedras verdes"; estando ahí el mote cobra sentido.

Inmersa en la jungla, esta ciudad de difícil acceso tiene diversos edificios distribuidos en distintos puntos. A pesar de lo nublado del día y el aire frío, la humedad del lugar y el ejercicio que significa subir a sus pirámides hacen entrar en calor a cualquiera.

Una de las emociones más impresionantes que se puede experimentar en Yaxchilán, y en toda la selva chiapaneca, es el escuchar el rugido del mono aullador, el cual nos explicaron se puede oír a 5 ó 6 kilómetros a de donde se encuentra el primate.

Yaxchilán es sin duda uno de los lugares más fascinantes en Chiapas. La flora y fauna que habitan ahí son impresionantes, de hecho, un guardia nos comentó que en meses como febrero y marzo, con algo de suerte, se puede ver a algún jaguar rondando la zona.

Tras regresar a Frontera, emprendimos el viaje a Bonampak, otra ciudad que recuerdo de los libros escolares.

Aunque debo confesar que me imaginaba a esta zona arqueológica más grande, Bonampak es un sitio cuya belleza asombra y llena los ojos.

En la entrada hay distintos puestos de artesanías donde los lugareños venden su trabajo, mientras varios niños lacandones juegan alrededor de ellos. Más adentro lo primero que salta a la vista es el Templo de los Murales, una pirámide cuyo atractivo principal son los murales que se conservan en el interior de sus cuartos y que guardan todavía su color original.

La visita a Bonampak fue breve pero muy rica. Las imágenes de los murales que denotan algo de la vida de los mayas son espectaculares; los tonos vivos transmiten varias emociones que cada quien interpreta a su parecer, sin necesidad de escuchar la explicación de los guías.

No cabe duda que las construcciones mayas son dignas de una contemplación y estudios minuciosos. La maravilla que significan debido a las historias y mitos que las rodean, y la belleza que las caracteriza son sus principales atractivos. Sin embargo, suele suceder en ocasiones que sitios como estos son opacados un tanto por su entorno, y es lo que pasa en este lugar.

La selva Lacandona es un territorio asombroso y mágico. Aunque ya antes había estado en un ecosistema como este, fue la primera vez que me sentí en medio de una de las maravillas naturales más impresionantes a mi gusto (después del mar y el desierto, y sin conocer la tundra o los glaciales, todavía).

Después de conocer estos lugares regresamos a Palenque, a la ciudad moderna que surgió a raíz de la enorme cantidad de turistas provenientes de todo el mundo que llegan a visitar la antigua ciudad maya. De ahí regresamos a San Cristóbal, para disfrutar de la última parte del viaje.

En las imágenes, las ruinas de Yaxchilán en medio de la selva Lacandona y el Templo de los Murales en Bonampak. (Fotos: Juan Luis Ramos)

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