En un par de mesas cercanas a la pista de baile, dos hombres, uno mediano y el otro robusto, debatían sobre fútbol. La molestia de ambos por diferir en afinidades de equipos y jugadores, era cada vez más notoria.
Luego de un rato de insultar a sus respectivos clubes y lanzarse indirectas y ofensas, el de complexión media se levantó y fue al baño, sin darse cuenta que el otro lo siguió casi de inmediato.
Dentro del sanitario los agravios continuaron, al grado de llegar al forcejeo físico. Entonces, el más fornido saco un arma con la que encañonó al otro.
"Tírale güey, si es que tienes güevos", le dijo con tono desafiante a su agresor, sin pensar siquiera en lo que estaba pasando, dejándose llevar enteramente por el momento y la adrenalina.
Entonces sucedió: ¡pum! La detonación, absorbida por el alto volumen de la música, apenas fue escuchada por unos cuantos en el lugar. El agresor guardó su alma y salió, del baño primero y después del bar.
Luego de unos instantes la seguridad de la locación se había percatado de que había un hombre herido en el baño. Minutos después, una ambulancia y dos patrullas llegaron al lugar de los hechos. El herido fue llevado al hospital donde horas más tarde perdería la vida.
Del agresor no se supo nada. Disfruta de la impunidad que cada día es más cotidiana en este país, pues ni a las autoridades ni a la sociedad civil les importa lo que pasa en ese bar escondido en uno de los rincones más peligrosos a las afueras de la ciudad.
Tres semanas después, una historia similar sucedió al sur de la metrópoli, en un conocido bar cuyos parroquianos son por lo regular personalidades de la política, los deportes y los espectáculos.
Uno de los más notables delanteros del fútbol nacional fue agredido la madrugada de un lunes, recibiendo un disparo en la cabeza que lo puso entre la vida y la muerte. Sin embargo, esta vez las autoridades, la sociedad y los medios de comunicación atendieron de inmediato el asunto, se indignaron e hicieron todo lo posible por dar con los criminales que tuvieron la osadía de atentar contra una vida, la de un famoso.
Cientos de aficionados rezaron y lloraron a las afueras del hospital donde permaneció internado su ídolo, y mucha gente en el país, y el mundo, comentaban irritados la situación, mientras que en un modesto panteón, a las orillas de la ciudad, una señora y sus dos pequeños hijos visitaban la desolada tumba de un hombre que murió luego de ser agredido en un bar, tras una riña futbolera.
Ah, me acuerdo del utilero (¿era utilero?) del Pachuca al que le pasó.
ResponderEliminarPero no te lo tomes tan a pecho, la alharaca, quiero decir, que también lo de esa mamada del américa sirvió... para dejarnos sin alcoholes un fin de semana.